Maggie Alarcón

The 4th of July and American Exceptionalism

In History, US on July 7, 2014 at 1:41 pm

 

 

By Ricardo Alarcón de Quesada

Another 4th of July is here. It will be another long weekend in the U.S.  There will special offers in stores that will boost sales and attract many people. Some, however, will just have to make do with the illusion of the window dressing. For most it will be an opportunity for rest and family gatherings.

There will also be pompous ceremonies, with the beating of drums, fireworks displays and abundant official rhetoric. There will be fake speeches, repeated for over two centuries, whose effectiveness no one will question because they have been useful for cajoling so many people, inside and outside the United States, for such a long time.

President Barack Obama will demonstrate his undeniable oratorical skills, and will again tell us that the nation he leads is exceptional, unrepeatable. He has not spoken yet, but there is no doubt he will repeat –give or take a word– what he said last year:

“On July 4th, 1776, a small band of patriots declared that we were a people created equal, free to think and worship and live as we please, that our destiny would not be determined for us, it would be determined by us. And it was bold, and it was brave. And it was unprecedented. It was unthinkable. At that time in human history, it was kings and princes and emperors who made decisions. But those patriots knew there was a better way of doing things, that freedom was possible, and that to achieve their freedom, they’d be willing to lay down their lives, their fortune and their honor. And so they fought a revolution. And few would have bet on their side. But for the first time of many times to come, America proved the doubters wrong. And now, 237 years later, this improbable experiment in democracy, the United States of America, stands as the greatest nation on Earth.”

Such ranting has been reproduced incessantly, from day one, by all U.S. leaders, liberal or conservative, Democratic or Republican. Some, perhaps, could have pleaded ignorance; but this is not the case with the former constitutional law professor. All, without exception, have insisted on a big lie.

It is a discourse that has nothing to do with the historical truth of a country that emerged oppressing others and, for over two hundred years, has spread war, pain and death around the globe. Nor is it true that those men were thinking of  conducting some “democratic experiment“.  Madison, Hamilton and Jay spelled it out in the days of the birth of the nation. The new republic would not be governed by the people; power should always be in the hands of those who owned land, factories and servants.

The amazing thing is that, despite everything, there are many who – there and elsewhere – still believe in a falsehood that is more than two centuries old. This capacity for deception is the authentic American Exceptionalism.

The rights mentioned by Obama existed only for the white owners of the wealth in the Thirteen Colonies which revolted against England in 1776. Yet, for the native peoples and African slaves, especially, the consequences of July 4th were the exact opposite.

Freed from the constraints imposed on them by London –which led to the revolt– the landowners launched a sweeping march to the West, practicing a brutal genocide of its populations. They intensified the slave trade and the slave commerce that had been previously controlled by the British Crown. The main motivation of that ” small group of patriots ” was the fear they had of the abolitionist movement in England, and the need to act before its inevitable consequences.

However, this year, in the United States, an important intellectual event is taking place lacking in the media attention the official celebrations will receive.  Gerald Horne, Professor of History and African American studies at the University of Houston, has just added two new texts to his long and brilliant bibliography on these subjects. Last April, New York University published  The Counter-Revolution of 1776: Slave Resistance and the Origins of the United States of America.” And now,in late June, Monthly Review Press began distributing  Race to Revolution: The U.S.and Cuba During Slavery and Jim Crow .”

The fruit of thorough and painstaking research, both books belie the legend of the revolutionary character of the 4th of July. The landowners revolted to prevent the emancipation of the slaves and to unleash an aggressive expansionism for the exclusive benefit of the plutocracy in the Thirteen Colonies. Nevertheless they also encountered unwavering resistance.

Their victims , who were the same in North America and in the Caribbean islands, persisted in their quest for freedom; a struggle that united them beyond language differences and is – despite the lying propaganda which tries in vain to separate them– the foundation of their deep solidarity. Hopefully, someone will discover over there, in the capital of the Empire, these works by Professor Horne. May they find time to read them.   Now that they have a long week-end coming.

El 4 de julio y la “excepcionalidad” norteamericana.

In History, Politics, US on July 4, 2014 at 11:26 am

George Washington y familia, con esclavo en Mount Vernon.

 

Por Ricardo Alarcón de Quesada

 

Vuelve el 4 de julio. Será, otra vez, en Norteamérica, un largo fin de semana. Habrá ofertas especiales en las tiendas que impulsarán las ventas y atraerán a muchos aunque no serán pocos quienes deban contentarse con el espejismo de los anaqueles engalanados. Para la mayoría será una oportunidad para el reposo y el encuentro familiar.

Habrá también ceremonias pomposas, con redobles de tambores y fuegos de artificios, en las que abundará la retórica oficial. Serán discursos falsificadores, reiterados durante más de dos siglos, cuya eficacia nadie puede cuestionar pues han sido útiles para engatusar a mucha gente, dentro y fuera de Estados Unidos, durante mucho tiempo.

El Presidente Barack Obama exhibirá su innegable destreza en la oratoria y nuevamente nos dirá que la Nación que él dirige es excepcional, irrepetible. Aun no ha hablado pero, a no dudarlo, repetirá, palabras más, palabras menos, lo que dijo el año pasado:

  “El 4 de julio de 1776 un pequeño grupo de patriotas declaró que éramos un pueblo creado igual, libre para pensar y rezar y vivir como queramos, que nuestro destino no sería determinado por otros sino sería determinado por nosotros. Y era intrépido y era valeroso. Y era algo sin precedente. Era impensable. En ese momento de la historia humana, eran reyes, príncipes y emperadores quienes tomaban las decisiones. Pero aquellos patriotas sabían que había un modo mejor de hacer las cosas, que la libertad era posible y que para alcanzar la libertad ellos estarían dispuestos a entregar sus vidas, sus fortunas y su honor. Y así hicieron una revolución. Y pocos habrían apostado por ellos. Pero por la primera vez de muchas más que vendrían después, América probó su error a los dudosos. Y ahora, 237 años más tarde, ese improbable experimento de democracia, los Estados Unidos de América, se levanta como la nación más grande de la Tierra”.

Semejante perorata la han reproducido machaconamente, desde el primer día, todos los gobernantes norteamericanos, liberales o conservadores, demócratas o republicanos. Algunos, quizás, pudieron escudarse en la ignorancia, pero no es el caso del ex profesor de Derecho Constitucional. Todos, sin excepción han insistido en una gran mentira.

Es un discurso que nada tiene que ver con la verdad histórica de un país que surgió oprimiendo a los demás y que durante más de doscientos años ha llevado la guerra, el dolor y la muerte a todo el orbe. Tampoco es cierto que aquellos hombres hubieran pensado en hacer algún “experimento democrático”. Madison, Hamilton y Jay lo dijeron con todas las letras en los días de la fundación. La nueva república no sería gobernada por el pueblo, el poder debería estar siempre en las manos de los que poseían las tierras, las fábricas y los siervos.

Lo asombroso es que, a pesar de todo, no son pocos, los que allá y en otras partes, aun creen en una simulación más que bicentenaria. Es esa capacidad para el engaño la auténtica excepcionalidad estadounidense.

Los derechos mencionados por Obama sólo existieron para los blancos dueños de las riquezas de las Trece Colonias sublevados contra Inglaterra en 1776. Pero, especialmente para las poblaciones autóctonas y para los esclavos africanos, las consecuencias del 4 de julio fueron exactamente lo contrario.

Liberados de las restricciones que les imponía Londres –y provocaron la revuelta- los colonos se lanzaron en una marcha arrolladora hacia el Oeste practicando un brutal genocidio de sus poblaciones, mientras intensificaron el tráfico esclavista y el comercio negrero que antes había controlado la Corona británica. Fue el temor al movimiento abolicionista en Inglaterra y para anticiparse a sus consecuencias inevitables la principal motivación de aquel “pequeño grupo de patriotas”.

Carente de la atención mediática que recibirán las celebraciones protocolares, este año se está produciendo, sin embargo, un importante suceso intelectual en Estados Unidos. Gerald Horne, profesor de historia y estudios afroamericanos de la Universidad de Houston, acaba de sumar dos nuevos textos a su extensa y brillante bibliografía sobre estas materias. El pasado abril la Universidad de New York publicó “The Counter-Revolution of 1776: Slave Resistance and the Origins of the United States of America”.Y ahora, a fines de junio, Monthly Review Press comienza a distribuir “Race to Revolution: The US and Cuba During Slavery and Jim Crow”.

Frutos de una acuciosa investigación ambos libros desmienten la leyenda del supuesto carácter revolucionario del 4 de julio. Los colonos se insubordinaron para evitar la emancipación de los esclavos y para dar rienda suelta a un agresivo expansionismo en beneficio exclusivo de la plutocracia de las Trece Colonias. Pero también encontraron una resistencia irreductible.

Sus víctimas, que eran las mismas en Norteamérica y en el Caribe insular, persistieron en su búsqueda de la libertad, en una lucha que los hermanó más allá de las diferencias lingüísticas y es, a pesar de la propaganda mentirosa que intenta en vano separarlos, el sustento profundo de su solidaridad. Ojalá alguien descubra, allá en la capital del Imperio, estas obras del profesor Horne. Y que encuentre tiempo para leerlas. Ahora que viene un largo weekend.

 

Una mirada al pasado

In History, US on June 27, 2014 at 11:17 am

 

 

Por Ricardo Alarcón de Quesada

 

La historia del Poder Negro, el movimiento que en los años sesenta del pasado Siglo encauzó las aspiraciones de la juventud afroamericana, regresa impulsada por el arte. Primero fue un extraordinario documental acreedor de distinciones en festivales del cine alternativo. Ahora lo reproduce un libro, prologado por el multipremiado actor y luchador social Danny Glover. Ambos con el título: “The Black Power Mixtape”.

Su origen es sorprendente. Un grupo de jóvenes cineastas suecos había viajado a Estados Unidos, entre 1967 y 1975 para entrevistar a quienes entonces marcaron decisivamente a la sociedad norteamericana. Conversaron entre otros, con Stokely Carmichael, Bobby Seale, Huey Newton, Eldridge Cleaver y Angela Davis, esta última en la celda de la prisión donde esperaba fuese ejecutada la sentencia a morir que le había sido impuesta y sólo evitó un amplio movimiento de solidaridad abarcador de todo el planeta.

Pero nadie pudo ver entonces estas imágenes. Durante más de treinta años las cintas permanecieron olvidadas en un sótano de la televisión sueca hasta que Göran Olson, quien en los sesenta era un niño que apenas caminaba, las encontró y se dio a la tarea de rescatarlas y armar el documental producido ahora con Danny Glover y Joslyn Barnes y que incluye opiniones actuales de artistas, intelectuales y activistas sobre lo que aquel período significó en sus vidas. Es, según The New York Times “una extraordinaria proeza de edición e investigación de archivo” y su resultado “un collage cronológico que restaura una compleja dimensión humana de la historia racial de la época”.

Frente a la cámara aparece el testimonio de esa época. Hombres y mujeres empeñados en alcanzar un mundo mejor desde abajo, desde comunidades empobrecidas y discriminadas a las que había que devolverles su dignidad y autoestima con proyectos educacionales y sanitarios incluyendo el desayuno gratis para los niños y también la música, el teatro y la poesía.

Pero lo hacían sometidos al asedio y la persecución  de un régimen racista, represivo, que los obligó a crear sus propios instrumentos de autodefensa y al surgimiento del Black Panther Party.

Experiencia semejante se produjo en las comunidades boricuas, sobre todo en New York y Chicago, que darían nacimiento al Partido de los Young Lords, organización que siguió el mismo camino de brega y sacrificios emprendido por su gemela afroamericana.

Eran tiempos de ebullición cuando todo parecía marchar rápido, a la velocidad de los sueños. La bárbara agresión contra el pueblo vietnamita y el empeño por conquistar la igualdad racial nutrieron una rebeldía juvenil que se extendió por todo el país enfrentando al gobierno corrupto, delincuencial, de Richard Nixon, quien no conoció límites en sus violaciones a la legalidad.

Conmueve ver y escuchar a Eldridge Cleaver repitiendo “hay un punto donde la cautela termina y la cobardía comienza”.

No pocos de aquellos jóvenes fueron asesinados. Otros buscaron refugio más allá de las fronteras norteamericanas. Algunos están encerrados todavía en prisiones federales.

Quedan sobrevivientes que aun recuerdan. Como Kathleen Cleaver, en aquel tiempo Secretaria de Comunicaciones del Black Panther y ahora profesora de Derecho en la Universidad Emory de Atlanta. Mirando hacia atrás, ella rememora el romanticismo de jóvenes acostumbrados a vivir peligrosamente mientras cantaban “no sé si volveré a verte” o “esta puede ser nuestra última vez juntos”. Pero también, desde el presente, reflexiona con amargura: “Hemos retrocedido consistentemente. Es deprimente y hasta cierto punto desconcertante que durante la época de la Guerra de Viet Nam las condiciones de la mayoría de las familias negras eran un poco mejor que ahora. Hemos declinado en la educación y en la economía”.

Es triste comprobarlo cuando, por primera vez en la historia, un negro ocupa la presidencia de Estados Unidos. Alguien que, por cierto, inició su carrera política como organizador comunitario.

Pero la lucha continúa y no todo conduce a la depresión. Acaba de anunciarse, por ejemplo, que las autoridades de New York, ciudad dirigida hoy por una mayoría progresista, decidió rendir homenaje a los Young Lords el próximo 26 de julio al cumplirse 45 años de su fundación.

Al volver la mirada hacia aquellos años soñadores viene a la mente la advertencia de William Faulkner: “El pasado nunca muere. Ni siquiera es pasado”.

 

Publicado el 27 de junio de 2014 en el No. 807 de la Revista Punto Final, Chile

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