Maggie Alarcón

Los aguacates de hoy

In Education, History, Human Rights/Derechos Humanos, Occupy Wall Street, Politics, Social Justice, US on October 22, 2011 at 12:35 pm

Margarita Alarcón Perea

El aguacate es un alimento delicioso y nutritivo; uno de los alimentos típicos de América Latina y el resto del mundo. Para algunos es una fruta para otros un vegetal. Es debido a esta característica particular que para algunas personas en Cuba cuando un individuo o cosa no encaja del todo en un patrón establecido le dicen “aguacate”. Este es mi caso.  Yo pertenezco a un grupo muy particular de personas a los cuales se les conocen como “aguacates”, ni somos de aquí ni lo somos de allá pero de alguna manera nos la arreglamos para coexistir.

Cuando estaba por culminar mis estudios de preuniversitario y comenzaba a pensar seriamente en las opciones universitarias me dispuse a hacer lo que los demás de mi generación, llenar una planilla donde escribíamos por orden de preferencia las carreras universitarias a las cuales aspirábamos. En mi lista de 10 opciones posibles escribí diseño industrial, arquitectura, leyes, medicina, biología y otras cinco que ahora ni recuerdo. Luego de mucho tiempo transitando por el mundo universitario (Cuba, Alemania Democrática, Cuba, más en Cuba), finalmente terminé graduándome de filóloga en lengua inglesa. Los filólogos en cualquier idioma son conocidos entre sus semejantes como “aguacates”, no somos ni fruta ni vegetal. Nuestra mayor debilidad se vuelve nuestra mayor fuerza; sabemos un poco de todo y nada de un tema en particular, pero nos adaptamos a casi cualquier área del mundo profesional. 

Gracias a esto, una de las tantas cosas que he tenido la oportunidad de hacer en la vida ha sido enseñar. Una pasión que descubrí por casualidad y que me acompaña hasta el día de hoy. Durante mis años de trabajo en La Casa de las Américas tuve ocasión de impartir  conferencias a estudiantes de universidades norteamericanas interesados en Cuba y Latino América.  Ha sido por esto que desde el año 2000 he podido conocer a muchos estudiantes de escuelas de excelencia de los Estados Unidos. Una de estas casas de altos estudios es UC Davis.  

Para cualquiera familiarizado con el mundo de la enseñanza, es un hecho que los maestros solemos olvidarnos de los alumnos promedio y siempre nos acordamos bien de los mejores y de los peores. Los alumnos de UC Davis no son promedio. Los que asisten a Davis suelen ser tanto lo mejor como lo peor para un maestro. Son inquietos, inquisitivos. Hacen preguntas inteligentes y retadoras; ponen en jaque a cualquier que tengan frente de sí. Son en pocas palabras: una maravilla, al menos los que tuve ocasión de conocer desde el 2000 hasta el 2009. Dudo seriamente que los que se encuentran cursando estudios en las aulas hoy sean muy diferentes.

El estado de California tiene una historia tremenda en lo que respecta a los movimientos estudiantiles, esto se remonta a los años 60 del siglo pasado en Berkeley. Recuerdo bien mi último viaje a los EEUU, pasé por ahí y se respiraba un aire y una energía como si estuviéramos aun en medio de esos años turbulentos de entonces. Lo que ocurrió este pasado fin de semana en Davis me recuerda la historia de Berkeley y de otras universidades de los EEUU durante los años del movimiento de protesta contra la guerra de Vietnam y en pos de los derechos civiles. Los estudiantes son, por definición, como deben ser, rebeldes. Son el final del camino de esa energía contestataria que alcanza su mayor exponente de adrenalina justo antes de que nos convirtamos en racionales soldados del día a día en el que dejamos mediar nuestras vidas. Son adolescentes aprovechando los últimos años en que esta condición sirve de coraza protectora. Creo que esto fue parte de la razón por la cual me pasé una década de estudiante universitaria: no quería dejar de adolecer.

Es muy probable que los estudiantes de Davis tengan mucho que aprender sobre cómo proceder en el futuro y como expresar sus deseos y exigencias, pero estoy segura que el gas pimienta y la fuerza bruta no es la mejor manera de ayudarlos a crecer y madurar.

Ellos son parte del futuro de su país, y si es verdad que han cometido errores, si es cierto que no han acotado las regulaciones como es debido, quizás son las reglas las que deben ser cambiadas y quizás lo que algunos consideran errores son una simple reacción ante acciones que se están llevando a cabo que imposibilitan que ellos puedan asegurarse un futuro mejor por sí mismos.

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