Maggie Alarcón

Archive for the ‘History’ Category

Salvar a Venezuela

In CELAC, History, Politics, Politics on April 21, 2017 at 2:03 pm

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Por Ricardo Alarcón de Quesada

La hostilidad del imperialismo estadounidense hacia la Revolución Bolivariana ha sido permanente y multiforme desde que Hugo Chávez resultó electo Presidente. Según avanzaba el proceso de transformaciones sociales promovido por Chávez, siempre respetando las normas constitucionales y la legalidad, el Imperio ensayaba nuevas acciones agresivas violatorias del Derecho Internacional.

La obra revolucionaria rescató a millones de venezolanos de la pobreza absoluta y la miseria, puso fin al analfabetismo, garantizó a todos y todas el acceso a la educación y la atención médica gratuita, les devolvió, en fin, la plena soberanía.

Venezuela ha cambiado sustancialmente. Sus grandes riquezas naturales, por primera vez en la historia, no son para el disfrute exclusivo de una minoría, sino que han sido y son redistribuidas para beneficio de las amplias masas. Pero ha sido una marcha cuesta arriba sorteando obstáculos de todo tipo.

Defender lo mucho que ha logrado y seguir conquistando mayores cotas de justicia constituye un perenne desafío para el pueblo del Libertador. Intentos de golpe de estado, “huelga” petrolera, sabotajes, sanciones económicas, diplomáticas y políticas, amenazas militares y una descomunal, multimillonaria, propaganda para aislarla y pretender justificar la intervención foránea, han sido el pan de cada día impuesto a un pueblo que, en contraste, no sólo no ha atacado ni dañado a nadie sino que se convirtió, al mismo tiempo, en ejemplo de fraternidad para con los otros pueblos del Continente.

Porque si Venezuela ha cambiado mucho, el Imperio no ha cambiado nada. Ayer, Obama, sin temor al ridículo, determinó que Venezuela es “una amenaza inusual y extraordinaria para la seguridad nacional de Estados Unidos”. Ahora Trump blande contra ella la llamada Carta Democrática Interamericana, cuyo texto debemos suponer que no ha leído pues, como se ufana en proclamarlo, el actual mandatario detesta la lectura.

La muerte de Hugo Chávez fue un golpe doloroso que estremeció a su país y al mundo. Desde Bolívar nadie hizo tanto como él por la emancipación de su pueblo, nadie supo hacer de Venezuela paradigma de solidaridad humana y auténtica democracia. Dedicado a su causa hasta el último aliento, antes de despedirse, Chávez propuso como a su sustituto y continuador a Nicolás Maduro, su mejor discípulo, un joven obrero y cercano colaborador, quien, en aquellas dramáticas circunstancias y enfrentando a una poderosa maquinaria de difamación y odio en su contra, resultó vencedor en las elecciones generales.

El gobierno de Maduro no ha conocido un instante de respiro. A la drástica caída en los precios del petróleo en el mercado internacional se ha unido la guerra económica desatada por Washington y en la que participa abiertamente la oligarquía local que especula con las limitaciones materiales y provoca escaseces y malestar. Estos fueron los factores principales que permitieron a la oposición obtener una mayoría de escaños en la Asamblea Nacional.

Hay que recordar que desde la primera elección de Chávez como Presidente en Venezuela se han realizado más elecciones, plebiscitos y otras consultas populares que las que hayan podido efectuarse en los países del Hemisferio que cínicamente quieren erigirse en jueces de la situación venezolana. En la mayoría de esos ejercicios democráticos vencieron las fuerzas del chavismo y cuando no fue así los resultados fueron aceptados por Chávez y por Maduro.

Conviene recordar asimismo que ganar o perder transitoriamente la mayoría de los miembros del órgano legislativo no significa ganar o perder el gobierno en los países de América Latina. Tampoco lo es en Estados Unidos: si tal cosa rigiera en el vecino del Norte la lista de Presidentes despojados de sus cargos sería interminable: por ejemplo Clinton, Bush y Obama, para sólo mencionar los más recientes en una bicentenaria tradición en la que resulta normal ejercer la jefatura del Estado contando con una minoría parlamentaria. Para no hablar de Trump cuya presidencia no es cuestionada -aunque Hillary Clinton lo superó por más de tres millones de votos- y ostenta el mayor índice de desaprobación del que haya memoria en aquel país.

No debe olvidarse, sobre todo, el carácter subversivo, anticonstitucional, proclamado sin ambages por Henry Ramos Allup cuando, al asumir la dirección de la Asamblea, anunció un plan para expulsar de la jefatura del Estado a Nicolás Maduro en seis meses. No formuló un programa legislativo, anunció un golpe de estado. Desde entonces no ha hecho otra cosa que alentar el caos y la inestabilidad institucional.

La OEA en cueros

La conducta ilegítima e irresponsable de la oposición lejos de sumarle apoyo interno ha generado la creciente resistencia de un pueblo que, más allá de las ideologías, necesita y desea la paz y la convivencia frente a la agresión externa. Para derrocar al Gobierno legítimo había que recurrir al exterior y buscar en Washington lo que no pueden encontrar en Caracas.

Entonces aparece, nada más y nada menos, que la llamada Organización de Estados Americanos (OEA) y su insólito Secretario General, Luis Almagro.

La historia del “ministerio de colonias yanquis” es sobradamente conocida. Hace más de un siglo, ante los primeros pasos para crear el “panamericanismo”, José Martí advirtió el peligro y llamó a pelear por la independencia verdadera de Nuestra América.

Para Almagro –o sea para el Imperio- el único problema en el Hemisferio es Venezuela. Su enfermiza obsesión antibolivariana los ha arrastrado al punto increíble de dar una suerte de golpe de estado dentro de la propia institución, desconociendo a sus propias autoridades –al representante de Bolivia, Presidente del Consejo Permanente y Decano de sus embajadores y al Vicepresidente que es el representante de Haití- para imponer su estrategia antivenezolana.

Si la OEA tuviese un mínimo de seriedad no le alcanzaría el tiempo para ocuparse de los problemas reales del Continente.

La represión masiva contra los latinoamericanos en Estados Unidos; el infame muro de Trump y sus medidas de proteccionismo comercial; la vergonzosa destitución de Dilma Roussef; la constante aparición de cementerios clandestinos en México y otros lugares; los asesinatos cotidianos de periodistas; los muchachos desaparecidos de Ayotzinapa, las niñas muertas en Guatemala, el incendio del Parlamento paraguayo; las huelgas y protestas populares en Argentina, Brasil y otros países, son parte del largo temario que interesa a los pueblos pero que no existen para Almagro ni para el dócil rebaño que lo sigue.

Porque la OEA no fue creada para bregar con la realidad. Nunca ha sido otra cosa que instrumento para la dominación imperial. Que a estas alturas echen mano a la vieja y desprestigiada herramienta, pisoteando incluso sus reglas y procedimientos, es un llamado de alerta. La agresión imperialista está en marcha y debemos detenerla.

El crimen se está cometiendo a la luz del día, a la vista de todos y contemplarlo en calma sería una complicidad imperdonable.

Urge multiplicar la solidaridad. Hay que salvar a Venezuela.

 

Publicado originalmente en Punto Final

“Morning After To-Do List”

In Baseball, Politics, Politics on November 10, 2016 at 12:16 pm

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1. Take over the Democratic Party and return it to the people. They have failed us miserably.

2. Fire all pundits, predictors, pollsters and anyone else in the media who had a narrative they wouldn’t let go of and refused to listen to or acknowledge what was really going on. Those same bloviators will now tell us we must “heal the divide” and “come together.” They will pull more hooey like that out of their ass in the days to come. Turn them off.

3. Any Democratic member of Congress who didn’t wake up this morning ready to fight, resist and obstruct in the way Republicans did against President Obama every day for eight full years must step out of the way and let those of us who know the score lead the way in stopping the meanness and the madness that’s about to begin.

4. Everyone must stop saying they are “stunned” and “shocked.” What you mean to say is that you were in a bubble and weren’t paying attention to your fellow Americans and their despair. YEARS of being neglected by both parties, the anger and the need for revenge against the system only grew. Along came a TV star they liked whose plan was to destroy both parties and tell them all “You’re fired!” Trump’s victory is no surprise. He was never a joke. Treating him as one only strengthened him. He is both a creature and a creation of the media and the media will never own that.

5. You must say this sentence to everyone you meet today: “HILLARY CLINTON WON THE POPULAR VOTE!” The MAJORITY of our fellow Americans preferred Hillary Clinton over Donald Trump. Period. Fact. If you woke up this morning thinking you live in an effed-up country, you don’t. The majority of your fellow Americans wanted Hillary, not Trump. The only reason he’s president is because of an arcane, insane 18th-century idea called the Electoral College. Until we change that, we’ll continue to have presidents we didn’t elect and didn’t want. You live in a country where a majority of its citizens have said they believe there’s climate change, they believe women should be paid the same as men, they want a debt-free college education, they don’t want us invading countries, they want a raise in the minimum wage and they want a single-payer true universal health care system. None of that has changed. We live in a country where the majority agree with the “liberal” position. We just lack the liberal leadership to make that happen (see: #1 above). Let’s try to get this all done by noon today.

— Michael Moore

Originally published in The Daily Good and Michael Moores Facebook page

Hillary´s Hour

In History, Politics, Politics on October 27, 2016 at 1:42 am

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By Ricardo Alarcón de Quesada

It´s less than a month to the US elections and it is still possible that Donald Trump turns out to be the winner. Such a scenario is regarded with astonishment and concern by those in the United States who still believe in their institutions.

When he began his campaign, very few people took seriously the aspirations of the millionaire who synthesizes the two qualities that ––in the words of Octavio Paz– define imperialist behavior: arrogance and ignorance. He displayed both when he faced the other Republican contenders and now against Hillary Clinton. All along that path he has tried to show himself, demagogically, as if he were an enemy of the “establishment” and the spokesman for its victims.

It is enough to read his proposals to understand that he is blatantly lying. His tax reform plan would benefit only those who concentrate wealth and hurt those who live on their wages. To make matters worse, – a unique case in American history– he refuses to disclose his income tax reports to the Internal Revenue Service and, last but not least, he has boasted of not having paid taxes for years. Al Capone was sent to prison for that crime. But Trump is still freely touring the country where thousands of enthusiastic supporters applaud.

Everywhere, day after day, he repeats a message of hatred, prejudice and violence. There is a long list of those who are subjected to his insults and threats: Mexicans and women, Muslims and people with physical disabilities, immigrants and the LGBT community, those who advocate limiting the arms trade, and those who fight against pollution, as well as an endless list that includes Republican politicians who distance themselves from his ultra-reactionary speech and foul language.

On a couple of occasions he suggested the assassination of Hillary Clinton; and in the debate with her, before millions of viewers, he threatened with her imprisonment if he reached the presidency.

In any country in the world, and in the United States in normal situations, a similar character would lose any election and –most likely– be held in a penal institution or in an asylum. Trump, incredibly, has been the focus of the election campaign and –although many criticize him– he has the support of millions of voters.

The only way to defeat him is Hillary Clinton, the first woman in history with a chance of being elected. The difference is abysmal. Barak Obama did not exaggerate when he said she was more prepared to be President than he –Obama– or her husband, Bill Clinton.

Hillary has a long political career from her early years and has always been seen as an enemy by the most conservative groups who have unleashed a fierce campaign against her in which slander abounds. She has made mistakes –some of undoubted importance– and reprehensible concessions. She did not always remain faithful to her ideals of her youth. But the same can be said of any US politician and none other has been subjected to such relentless scrutiny by the media – those of the large corporations and many others circulating in the digital universe. These have examined her life in detail and cannot accuse her of having committed any crime. The biggest charges against her are having embraced neo-liberalism –as did almost all in her party– and having implemented, as Secretary of State, the warmongering line of the White House.

The United States remains the most powerful country in the world but its society is going through a deep crisis. Frustration and discomfort dominate US citizens who are increasingly skeptical of their politicians. Donald Trump manipulates the situation and does it appealing to the racism, brutal individualism, stupidity and violence that have been present –since its origin– in the nation that believes it is superior to the rest of the world. His candidacy has brought out the worst in the US and has turned it into an organized political force.

Hillary does not represent a revolutionary alternative. Choosing her will not produce the radical transformation of US society. But right now she is the only hope to stop barbarism.

It is possible to beat Trump. But it needs to be a crushing defeat: a landslide of votes that puts this unprecedented demagogue out of action, and also allows the start of a new stage where “Trumpism” can be defeated, because it is a disease that corrodes US society and threatens humanity.

 

 A CubaNews translation. Edited by Walter Lippmann.

 

Tom Hayden PRESENT

In History, Politics on October 26, 2016 at 12:45 pm

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By Ricardo Alarcón de Quesada

Where to begin? What can one say faced with the difficult news of his death?

We worked together, at a distance, on the new edition of “Listen
Yankee! Why Cuba matters” outcome, in part, of long conversations
between two old friends, and to an extent in part, a sort of for
handed memorie.

Because our friendship remained intact since the 1960´s when we each
headed glorious organizations, Students for a Democratic Society (SDS)
and the Federación Estudiantil Universitaria (FEU).

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Our ideals and our struggle united us and above all the headstrong
conviction that a better world was possible and that it was something
worth dedicating one’s life to achieve.

There is so much that must be said about Tom Hayden. The long road
that so often sent him to jail from the days when he marched in the
South to defend the civil rights of black people to finding himself at
the helm of the movement against the Viet Nam war with its seminal
moment at the insurgence of the youth movement in Chicago in 1968. A
road that led him to occupy elective posts never abandoning the dreams
of his youth.

Because for him the 60´s were never a thing of the past and one can
never reference those everlasting years without mentioning him

He had a large body of published works, books, essays, and speeches
from the Port Huron Statement, functional manifesto for SDS to his
texts on Afro-American rebellion in New Jersey, to his most recent
works, where his solidarity with Cuba was ever present, and where his
struggle for the freedom of the Cuban Five saw no bounds.

His life and his ideas will continue being an inspiration to the new
generations. He was, is and always will be, what the founder of the
FEU in Cuba always wanted, an eternal young rebel.

Until victory onward Tom, comrade in arms, comrade.

La hora de Hillary

In Politics, Politics on October 17, 2016 at 2:59 pm

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Por Ricardo Alarcón de Quesada

A menos de un mes de las elecciones norteamericanas aun es posible que Donald Trump resulte el ganador. Semejante escenario es contemplado con asombro y preocupación por quienes en Estados Unidos creen todavía en sus instituciones.

Cuando inició su campaña pocos tomaron en serio las aspiraciones del millonario que sintetiza las dos cualidades que para Octavio Paz definían la conducta imperial: arrogancia e ignorancia. De ambas hizo ostentación cuando enfrentó a los otros contendientes republicanos y ahora contra Hillary Clinton. A todo lo largo de esa trayectoria ha tratado de presentarse, demagógicamente, como si fuese un enemigo del “establishment” y portavoz de sus víctimas.

Basta leer sus propuestas para comprender que miente descaradamente. Su plan de reforma impositiva beneficiaría sólo a los que concentran las riquezas y perjudicaría a los que viven de su salario. Para colmo, caso único en toda la historia norteamericana, se niega a divulgar sus informes al Servicio de Rentas Internas, y por si fuera poco, ha alardeado de no pagar sus impuestos durante años. Al Capone fue enviado a la cárcel por ese delito. Pero Trump sigue recorriendo libremente el país donde lo aplauden miles de entusiastas seguidores.

Por todas partes, día tras día, repite un mensaje de odio, prejuicios y violencia. Es larga la lista de quienes son objeto de sus insultos y amenazas: los mejicanos y las mujeres, los musulmanes y quienes padecen discapacidades físicas, los inmigrantes y la comunidad LGTB, los que abogan por limitar el comercio de armas y quienes luchan contra la contaminación atmosférica y un interminable etcétera que incluye a los políticos republicanos que toman distancia de su discurso ultrarreaccionario y su lenguaje procaz.

En un par de ocasiones sugirió el asesinato de Hillary Clinton y en el debate con ella, ante millones de televidentes, la amenazó con encarcelarla caso de llegar él a la presidencia.

En cualquier país del mundo, y en Estados Unidos en situaciones normales, un personaje semejante perdería cualquier elección y probablemente sería recluido en una institución penal o en algún sanatorio. Trump, increíblemente, ha sido el centro de la campaña electoral y aunque muchos lo critican, tiene el respaldo de millones de electores.

La única posibilidad de derrotarlo es Hillary Clinton, la primera mujer en la historia con posibilidades de ser elegida. La diferencia entre ambos es abismal. No exageró Barak Obama cuando dijo que ella estaba más preparada que él -Obama- o su marido -Bill Clinton- para ejercer la presidencia.

Hillary tiene una larga trayectoria política desde sus tiempos juveniles y siempre ha sido vista como una enemiga por los grupos más conservadores que contra ella han desatado una campaña feroz en la que abundan las calumnias. Cometió errores, algunos de trascendencia indudable, hizo concesiones censurables, no siempre se mantuvo fiel a sus ideales de juventud. Pero lo mismo puede decirse de cualquier político norteamericano y ninguno ha sido sometido como ella al escrutinio implacable de todos los medios de comunicación -los de las grandes corporaciones y también los otros que circulan en el universo digital- que han examinado su vida al detalle y no pueden acusarla de haber cometido crimen alguno. El mayor cargo contra ella es haber abrazado el neoliberalismo como hicieron casi todos los de su partido y haber aplicado, como Secretaria de Estado, la línea belicista de la Casa Blanca.

Estados Unidos sigue siendo la potencia más poderosa pero su sociedad atraviesa una profunda crisis. La frustración y el malestar predominan en una ciudadanía cada vez más escéptica ante sus políticos. Donald Trump manipula esa situación y lo hace apelando al racismo, el individualismo brutal, la estulticia y la violencia que han estado presentes, desde su origen, en la nación que se cree superior a todo el mundo. Su candidatura ha sacado a flote lo peor de Norteamérica y lo ha convertido en una fuerza política organizada.

Hillary no representa una alternativa revolucionaria. Elegirla no producirá la transformación radical de la sociedad norteamericana. Pero en este momento ella es la única esperanza para detener la barbarie.

Es posible vencer a Trump. Pero hace falta que sea una derrota aplastante, una avalancha de votos que no solo ponga fuera de combate al inaudito demagogo sino que permita iniciar una etapa nueva en la que pueda ser derrotado también el “trumpismo”, esa enfermedad que corroe a la sociedad norteamericana y amenaza a la Humanidad.

Puerto Rico: la hora de la verdad

In Cuba, Elecciones, History, Politics, Puerto Rico, US on July 22, 2016 at 12:23 pm

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Por Ricardo Alarcón de Quesada

A mediados del pasado siglo la diplomacia estadounidense se anotó uno de sus mayores triunfos. Hizo creer al mundo que Puerto Rico había dejado de ser una colonia para transformarse en un ente extraño al que nombraron “Estado Libre Asociado (ELA)”. Se dijo entonces que la isla después de alcanzar plenamente su autonomía decidió suscribir con su antigua metrópolis un pacto libremente convenido entre iguales.

En su momento el engendro fue presentado como punto de referencia, como modelo a seguir por otros. El territorio fue invadido por capitales norteños que se beneficiaron de privilegios y exenciones impositivas y exhibió índices de crecimiento notables. Se hablaba incluso del “milagro” económico puertorriqueño.

La realidad profunda iba por otros caminos. Las producciones autóctonas -la agricultura, la industria, los servicios- fueron aplastadas por las del poderoso “socio”. Para muchos emigrar a Estados Unidos fue la única salida mientras su tierra se extranjerizaba sin remedio. El incesante éxodo muestra cifras elocuentes, quedan en la isla alrededor de 3 millones de habitantes mientras ya son 5 millones los que malviven en la Norteamérica que los discrimina y desprecia.

Para imponer ese modelo Washington persiguió con saña a los nacionalistas e independentistas. La “vitrina democrática” negaba al pueblo su derecho inalienable a la libertad y para ello recurrió a todos los métodos entre los que no faltó la violencia represiva

Los patriotas no cesaron nunca en su lucha por la independencia y se empeñaron por desenmascarar la farsa colonial y alcanzar la indispensable solidaridad internacional. Lo hicieron con tenacidad admirable en la Organización de Naciones Unidas desde que la ONU, en 1960, proclamó el derecho de todos los pueblos a la autodeterminación e independencia. Consiguieron desde 1973 que el Comité de Descolonización favoreciera su reclamo año tras año.

Entretanto el diseño económico del ELA entró en una crisis cada vez más profunda y encara hoy la bancarrota y la insolvencia. Las autoridades locales -el Gobernador y la Asamblea Legislativa- trataron de encontrar soluciones imaginando que tenían potestad para hacerlo y que podrían contar con el apoyo de quien se suponía era su “socio”.

La verdad, sin embargo, se impuso de modo sorprendente y brutal. En pocos días, casi al mismo tiempo, el Tribunal Supremo de Estados Unidos, el Congreso Federal y el Presidente Obama lo dijeron alto y claro para que todos lo entiendan: Puerto Rico carece de soberanía propia, no es más que un territorio colonial y está completamente sometido a las decisiones de su dueño. Y para que nadie se confunda promulgaron una ley creando la Junta de Control Fiscal. Sus siete miembros, designados por Washington, se encargarán de administrar y dirigir la colonia.

La indignación generalizada estalló con fuerza este verano en la sesión del Comité de la ONU. Allá fueron decenas de representantes de todas las tendencias y todos los sectores de la sociedad incluyendo al Gobernador García Padilla.

El Comité además de aprobar una vez más la Resolución que sostiene el derecho a la independencia de Puerto Rico, dio un paso adelante y por unanimidad decidió encargar a su Presidente que promueva un diálogo entre Washington y los boricuas para lograr la descolonización de la isla. De ese modo se ofrece una salida constructiva que Obama debería aprovechar. Habiendo reconocido que engañó al mundo y que Puerto Rico es aun la principal colonia del planeta, Estados Unidos tiene la obligación ineludible de poner fin a una situación violatoria del Derecho Internacional que ha durado ya demasiado tiempo.

 

Publicado originalmente en Por Esto!

December 17th and the Voice of Reason

In Cuba, Cuban Americans, History, Politics on December 17, 2015 at 5:01 pm

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Margarita Alarcon Perea

December 17th marks the anniversary of the first year of the release of Alan Gross, the return of three Cuban prisoners unjustly jailed in US prisons and for the first time presidents from both Cuba and the United States live on their respective television networks speaking about the same thing and both on the same page.

Last year Raul Castro and Barack Obama got their acts together and decided to do something that for far too long had been silenced, they gave voice back to reason and spoke of restoring relations between their two countries.

Since that day, which on all accounts was joyous albeit an enormous surprise, much has happened in the form of restoring the diplomatic side of the relations, but not much else. Watching the debate the other night I fear much more needs to be done before November of 2017. Yet I am hopeful.

At least Cuba wasn’t mentioned openly. So maybe the two pseudo Cuban contenders for their party’s nomination have since figured out that siding with irrationality by actually bolstering the notion of how they would turn back all that has happened since last year’s televised speeches or the less Latino hopeful candidates criticizing the current President of the United States for having “given so much in exchange for nothing” or ranting about how if he were to come down to the Caribbean’s largest island before leaving office might be indicative of nothing less than …say, treason? Of course, this is an exaggeration on my part, but heck, he was accused of not being “American” enough for almost two straight years!

In any case, it’s been a year already. The secretary of State has opened the long closed Embassy, the Stars and Stripes waves every day, morning, noon, and night. US tourists are coming down nonstop, Cuban Americans are devising ways of investing on the island in the most intuitive and inventive fashion ever. So I guess, Cuba won’t be part of the debates in the near electoral future.

Maybe the candidates have figured out that the voice of reason silenced for so long is now the shout of logic that just won’t keep quiet, lest they lose those historically beloved 28 electoral votes.

 

Originally posted on the Huffington Post

Cuba en el imaginario de los Estados Unidos

In Cuba, Cuba/US, History, US on January 29, 2015 at 2:22 pm

 

Ricardo Alarcón de Quesada

La edición cubana de éste, uno de los más recientes libros de Louis A. Pérez Jr., se suma a la fértil cosecha de quien es profundo estudioso de Cuba y de sus vínculos con Estados Unidos. Su publicación tiene especial importancia ahora cuando el restablecimiento de las relaciones diplomáticas provoca tantos comentarios, especulaciones y también no pocas ilusiones. A ese tema, el de nuestra posición hacia el poderoso vecino, dedicó Martí reflexiones que siempre tendrán plena vigencia, entre ellas su recomendación de examinar con ojos judiciales lo que era y habría de ser cuestión determinante para la suerte de la nación cubana.

El Apóstol era todavía un adolescente cuando el Padre de la Patria descubrió que “apoderarse de Cuba” era “el secreto de la política norteamericana” y que para llevarlo a cabo buscarían el momento más oportuno y las condiciones más propicias. A ese cálculo frío y actitud malévola se referiría Martí quien conoció como pocos aquella sociedad y alertó a tiempo el peligro mortal que encerraba para Cuba.

El libro de Louis A. Pérez, fruto también de un conocimiento a fondo de la sociedad norteamericana, es resultado de una investigación minuciosa que abarca todos los terrenos, desde la política hasta la vida cotidiana, incluyendo las más diversas manifestaciones de la cultura.

Su lectura puede sorprender a quienes han reducido el tema a las contradicciones coyunturales y desavenencias que enfrentaron a dos buenos vecinos a partir de la Revolución cubana de 1959, el llamado “diferendo”, eufemismo muy abusado a ambos lados del estrecho de la Florida.

“Cuba in the American imagination” prueba que se trata de algo mucho más complejo y antiguo, anterior al surgimiento de la nación cubana. Su origen se remonta a los años inmediatamente posteriores a la independencia de las Trece Colonias y ha perdurado, como una constante invariable, a lo largo de más de dos siglos, durante todo el proceso de formación, expansión y desarrollo de los Estados Unidos.

La idea de que Cuba les pertenecía, que su incorporación era necesaria para la existencia misma de la Unión Norteamericana y en consecuencia, era obligación inevitable de ésta decidir el futuro de la Isla, es el verdadero punto de partida para entender la dinámica de las relaciones entre los dos países desde entonces hasta hoy.

Esa idea, acompañada de una visión distorsionada de la realidad de Cuba y los cubanos, siempre paternalista y discriminatoria y muchas veces racista, estará presente en los discursos de estadistas y políticos, en editoriales, caricaturas, y artículos periodísticos, en disertaciones académicas, en libros, sermones, poemas y canciones y también, por supuesto, en documentos oficiales y confidenciales. La pretensión de dominar a Cuba, claramente manifestada en estos últimos, requería contar con el apoyo o la aquiescencia del pueblo norteamericano en el seno del cual siempre hubo simpatías y sentimientos amistosos hacia los habitantes de un país cercano a ellos por muchos motivos. Controlar y dirigir la mente de ese pueblo ha sido objetivo permanente para los dueños de Estados Unidos.

El resultado lo resume el autor:

“Cuba ocupaba mucho niveles dentro de la imaginación norteamericana, frecuentemente todos a la vez, de ellos casi todos funcionaban al servicio de los intereses de Estados Unidos. La relación norteamericana con Cuba era por sobre todas las cosas servir de instrumento. Cuba –y los cubanos- eran un medio para alcanzar un fin, estaban dedicados a ser un medio para satisfacer las necesidades norteamericanas y cumplir los intereses norteamericanos. Los norteamericanos llegaban a conocer a Cuba principalmente por medio de representaciones que eran por completo de su propia creación, lo cual sugiere que la Cuba que los norteamericanos escogieron para relacionarse era, de hecho, un producto de su propia imaginación y una proyección de sus necesidades. Los norteamericanos rara vez se relacionaban con la realidad cubana en sus propios términos o como una condición que poseía una lógica interna o con los cubanos como un pueblo con una historia interior o como una nación que poseía su propio destino. Siempre ha sido así entre Estados Unidos y Cuba[1].”

La raíz de ese modo de representarse a Cuba –y también al resto del mundo- era la representación que los norteamericanos han hecho de sí mismos, producto igualmente de su propia imaginación. El primer gran mito es el de atribuir un carácter revolucionario a las acciones de los propietarios de las Trece Colonias para independizarse de la Corona Británica. Indagaciones posteriores revelan que el proceso tuvo como motivaciones principales el interés de los colonos en extender su dominio sobre territorios ubicados más allá de los límites geográficos establecidos por Londres y la preocupación ante el avance indetenible en la metrópolis de los sentimientos abolicionistas que amenazaban con poner fin, cual sucedió, al tráfico y la explotación del trabajo esclavo. Entre los que enfrentaron a su Majestad Británica había representantes del pensamiento más avanzado de la época, como Tom Payne y sectores populares que aspiraban a cambiar también la estructura de la sociedad colonial, pero fueron derrotados y reprimidos por los Padres Fundadores y sus continuadores. No exagera el profesor Gerald Horne cuando titula uno de sus estudios más recientes “La Contrarrevolución de 1776”.

El otro gran mito es el que vincula a la nueva república con la idea de la democracia. Este resulta particularmente notable pues desde el principio Hamilton, Madison y Jay se empeñaron en demostrar lo contrario e insistieron en asegurar que su Constitución garantizaría que el país fuera siempre gobernado por sus amos, los dueños de sus riquezas materiales.

Esos mitos conjugados animan la idea de la “excepcionalidad” norteamericana y el carácter mesiánico, providencial, de su papel en la Historia. Esa creencia ha sustentado el discurso de todos los gobernantes desde Washington hasta Obama. La eficacia de su proyección es obvia. Con él han logrado embriagar, hasta el embrutecimiento, a un muy amplio sector de su población y a no pocos en otros países.

La función del lenguaje, y la comunicación como instrumentos de control político, con diversas y cada vez más sofisticadas técnicas, alcanzan ya un poder del que resulta difícil escapar. Hace casi medio siglo Brzezinski vaticinó que las nuevas tecnologías serían capaces no sólo de “manipular las emociones” sino también de “controlar la razón” del hombre contemporáneo.

Cuando en fecha tan temprana como 1805 Thomas Jefferson diseñó un destino para Cuba, que en su convicción más profunda era indispensable para el futuro de su propio país, definió al mismo tiempo la estrategia para conseguirlo. Estados Unidos tendría que apoderarse de Cuba pero antes deberían existir las condiciones que lo facilitasen.

Entonces la soberanía norteamericana no iba más allá del Mississippi. Las dos Floridas, desde el gran río hasta el Atlántico, seguían bajo la autoridad española. Cuba y Estados Unidos no eran aun vecinos.

Transcurrió casi una centuria durante la cual los sucesores de Jefferson no se limitaron a esperar. Intentaron comprar la Isla, mantuvieron a raya las apetencias respecto a ella de otras potencias europeas, se empeñaron en frustrar el proyecto liberador bolivariano, fomentaron la corriente anexionista de la sacarocracia criolla, y, durante nuestras guerras por la independencia, se negaron a reconocer las instituciones cubanas y la beligerancia del Ejército Libertador, mientras permitieron a España artillar y equipar su flota y utilizar sus puertos como bases para bloquear a los territorios insurrectos.

El momento propicio para pasar a la acción llegó, como sabemos, en 1898.

Como ilustra este libro ese año se desbordó la campaña para ganar las conciencias del pueblo norteamericano y convencerlo de la necesidad de participar en la guerra que España estaba a punto de perder. La realización del interés imperialista ejecutando, finalmente, un plan largamente concebido, fue presentada, sin embargo, como el cumplimiento de una obligación moral, altruista, la de ir al rescate de un vecino en desgracia.

El libro examina el papel de la metáfora, los símbolos, para el logro de objetivos políticos condicionando de manera más o menos sutil el modo de pensar y el estado de ánimo del receptor. Ofrece a este respecto un abundante repertorio de textos oficiales, discursos y declaraciones y también de producciones artísticas y editoriales y artículos de prensa y no falta una amplia muestra de caricaturas de la época. Cuba aparece como una joven maltratada pidiendo auxilio, o como un niño desvalido o malcriado y sucio y el Tío Sam como el caballero que viene al rescate de la doncella, o el maestro empeñado en limpiar y educar al infante descarriado. Las imágenes van cambiando según marchan los acontecimientos desde la bella mujer abandonada –los mambises, recordemos, no existían- hasta los niños díscolos, preferiblemente negros, urgidos de limpieza y disciplina.

Este muy valioso estudio abarca el Siglo XIX y los primeros años del XX. El triunfo revolucionario en 1959 iniciaría otra etapa en la que la manipulación de símbolos también desempeñaría una función primordial. Se puso de moda entonces hablar de un imaginario distanciamiento entre Washington y Batista supuestamente decisivo para el derrocamiento del dictador. Hubo que esperar hasta 1996 para conocer el texto del último mensaje del Secretario de Estado a su Embajador en La Habana, cuando concluía el año 58 en el que el señor Herter recapitulaba con amargura la ayuda que en todos los terrenos habían dado hasta ese instante al tirano derrotado.

O la leyenda incesantemente repetida acerca de los “millones” de cubanos que “escaparon” de la isla después de la victoria de enero y que ha servido de instrumento para denigrar a Cuba y manipular groseramente la cuestión migratoria. Según sus propias estadísticas oficiales, sin embargo, es ahora, en el Siglo XXI, que esa emigración, incluyendo a su descendencia nacida allá, sobrepasa el primer millón. Y algo que suele obviarse aunque consta en los mismos registros gubernamentales, en 1958 la emigración cubana era superior a la de la totalidad del Continente exceptuando a México.

Sería interminable la relación de imágenes inventadas y falacias diseminadas en los años del período revolucionario. Permítanme rendir homenaje sólo a la “proeza” ejecutada en abril de 1961 por los intrépidos navegantes que desembarcaron por el puerto de Bayamo.

Aquella, la de 1898, fue una campaña exitosa. La solidaridad del pueblo estadounidense, manifestada con gran amplitud desde el alzamiento de Céspedes, se había intensificado treinta años después. A la simpatía natural se unía el rechazo ante la crueldad weyleriana. El respaldo popular a los cubanos alcanzó niveles muy notables y se reflejó, más allá del discurso político, en el teatro, la música y la poesía.

La intervención en el conflicto no fue vista como lo que era, una conjura imperialista, sino como la realización de un ideal noble y puro. Sumarse a los mambises y pelear junto a ellos fue el anhelo de muchos. Basta mencionar a Mark Twain y Carl Sandburg.

Esa visión generosa, desprendida, aparecería en la Resolución Conjunta por medio de la enmienda Teller que, sin embargo, contradecía al verdadero plan oficial que se concretaría en el texto del Senador Oliver Platt.

Lo que vino después es conocido. Los sueños frustrados, la lucha siempre renovada hasta el amanecer de enero y luego medio siglo de resistencia y creación, en los que no han faltado la hazaña y los sacrificios, los momentos de amargura y alegría, pero sobre todo, la certeza de haber llegado a la tierra prometida que concibieron los abuelos.

Ahora cuando se anuncia un nuevo capítulo en esta larga saga urge impedir que el olvido cubra de sombras el camino tan dolorosamente recorrido.

Porque como advirtiera Cintio Vitier en un texto que hoy y mañana habrá que recordar “en la hora actual de Cuba sabemos que nuestra verdadera fortaleza está en asumir nuestra historia”.

Palabras en la presentación de la edición cubana del libro de Louis A. Pérez Jr. el 27 de enero de 2015 en la UNEAC

[1] ‹‹Cuba in the American imagination-Metaphor and the Imperial ethos››. The University of North Carolina Press, Chapel Hill, 2008, p. 22-23

 

Cuba: So Close You Could Almost Swim There

In Cuba/US, History, Sports on January 29, 2015 at 1:44 pm

Diana Nyad

The Cuban Revolution happened when I was a nine-year-old living in Ft. Lauderdale, Florida. Literally overnight, thousands of exiles flooded into my town. We were suddenly eating Cuban food, dancing salsa in my new friends’ living rooms. The mystique ran deep. Already a little swimmer, I was standing on the beach at that time and I asked my mother, who had danced salsa many times with my father at the fabled Hotel Nacional in Havana:

“Mom. Where is it? I know it’s out there, but I can’t see it.”

And my mother took my arm and pointed it across the sea.

“There. Out there. It’s right over that horizon. It’s so close, you could almost swim there.”

The story I first knew of Cuba was from the exile side. Good people forced out of their homes, given 24 hours to gather of few possessions and cash out at the bank. Their houses, their clothing, their cars, their boats, many of their friends and family never to be seen again.

Then there was the Fidel side. It reads a noble story. Fidel and his comrades in justice Che and Camilo, ride stealth one night on horseback from the mountains into Havana, to save the people from the dictator regime of Batista, where the rich were vastly rich and the poor were desperately poor, with no middle ground. The famous, defiant face of Che has been plastered to millions of young persons’ bedroom walls through the years. Che Guevara, Fidel Castro, Camilo Cienfuegos — soldiers of and for the people.

I have learned the hard way not to take either side, not to speak of the politics of Cuba. Socialism, in its bare bones definition, every individual entitled to the same material necessities, can be interpreted as a just way to manage a nation. On an anecdotal level, I can say that in the dozens of times I have visited Cuba, since my first try to swim from country to country back in 1978, I have never once seen a homeless person. I have found a population of educated, polite, intelligent, fit, musical, athletic, compassionate, philosophical, seemingly happy people. So there was a time that I defended Fidel’s original vision, that I joined many who touted his success in taking the majority from third world to second world.

The one thing I could never explain, understand, or defend about the Fidel regime was that Cubans weren’t allowed to leave the island. If you love your country, love the life you live there, why is there such fear that a trip anywhere abroad would convince you never to return home?

Clearly, in recent years after the Soviet Union’s collapse and withdrawal, Cuba has devolved toward a deeper and nearly tragic state of poverty. Goods have always been hard to come by, but it’s been a long time since asthma medicine, cooking oil, and a decent loaf of bread have been on the market shelves.

A couple I have stayed with in Old Havana, both highly educated, with a daughter who has asthma, stand outside the hospital ER in the middle of the night, begging any worker leaving to go back inside and find them an inhaler. Every two weeks they stand in a line to receive one chicken, six eggs, and a few staples. They invite visitors to their “Casa Privada” for dinner, stretching those staples into creative meals so that travelers can tell the tale of eating in a private home, and then they pare back their own family meals to the bare minimum.

Again, just a layman’s anecdotal evidence, but it used to be that to discuss a rapprochement with an average Cuban citizen was to encounter tears standing in his eyes, the loyalty to Fidel was so fierce. The giant painted faces of Fidel and Che and Camilo around the city, slogans such as “Viva El Socialismo!” in vivid red below, spoke volumes to the national esprit of having been freed from colonial oppression.

But we are almost six decades past Batista now. The days of the Bay of Pigs are also long-ago history. There is nothing to fear from each other. No reason to further punish each other.

My swim from Cuba to Florida, aside from the personal challenge to make endurance history across a wild, epic ocean, was always meant to also make a statement of hopeful reconnection between our two beautiful nations. Too many, on both sides, have wanted for too long to know each other, to enjoy the colorful Cuban culture, to help the Cubans restore economic stability.

Our Team was invited to Havana this past Labor Day, on the anniversary of our successful crossing from Havana to Key West, September 2, 2013. It was the first time in thirty years that the American and Cuban flags were flown together in an official government building in Havana. The first time the American National Anthem had been played at an official event in thirty years. We wept with pride. And so did the Cubans. We all wept because this Swim was a universal message of will, to Never Ever Give Up. But we wept in part because our two countries understood the magic of the endeavor and the Cubans helped us through every step. We wept because we all want a better life for these good people, our friends and neighbors.

I can tell you our Team was very emotional a few weeks ago, when both President Obama and Raul Castro announced the new era of rapprochement between us.

A personal note: This series for Huff Post carries with it a tag line: 90 miles.

To be perfectly accurate, it is 103 miles, the closest distance between Cuba and Florida. A long time ago, the nautical measurement of 90 was assigned, a measurement used by only large ships at sea. We measure distances across the sea between countries in statute miles. For instance, it is 28 miles around Manhattan Island. That’s statute miles. Trust me, it’s 103 miles to Cuba. I should know.

One more personal note, to my mother, no longer with us. Mom, it’s so close, Cuba, that somebody has actually swum there.

This post is part of a Huffington Post blog series called “90 Miles: Rethinking the Future of U.S.-Cuba Relations.” The series puts the spotlight on the emerging relations between two long-standing Western Hemisphere foes and will feature pre-eminent thought leaders from the public and private sectors, academia, the NGO community, and prominent observers from both countries. Read all the other posts in the series here.

http://www.huffingtonpost.com/diana-nyad/cuba-so-close-you-could-a_b_6571342.html?1422545987

If you’d like to contribute your own blog on this topic, send a 500-850-word post to impactblogs@huffingtonpost.com (subject line: “90 Miles”).

The 4th of July and American Exceptionalism

In History, US on July 7, 2014 at 1:41 pm

 

 

By Ricardo Alarcón de Quesada

Another 4th of July is here. It will be another long weekend in the U.S.  There will special offers in stores that will boost sales and attract many people. Some, however, will just have to make do with the illusion of the window dressing. For most it will be an opportunity for rest and family gatherings.

There will also be pompous ceremonies, with the beating of drums, fireworks displays and abundant official rhetoric. There will be fake speeches, repeated for over two centuries, whose effectiveness no one will question because they have been useful for cajoling so many people, inside and outside the United States, for such a long time.

President Barack Obama will demonstrate his undeniable oratorical skills, and will again tell us that the nation he leads is exceptional, unrepeatable. He has not spoken yet, but there is no doubt he will repeat –give or take a word– what he said last year:

“On July 4th, 1776, a small band of patriots declared that we were a people created equal, free to think and worship and live as we please, that our destiny would not be determined for us, it would be determined by us. And it was bold, and it was brave. And it was unprecedented. It was unthinkable. At that time in human history, it was kings and princes and emperors who made decisions. But those patriots knew there was a better way of doing things, that freedom was possible, and that to achieve their freedom, they’d be willing to lay down their lives, their fortune and their honor. And so they fought a revolution. And few would have bet on their side. But for the first time of many times to come, America proved the doubters wrong. And now, 237 years later, this improbable experiment in democracy, the United States of America, stands as the greatest nation on Earth.”

Such ranting has been reproduced incessantly, from day one, by all U.S. leaders, liberal or conservative, Democratic or Republican. Some, perhaps, could have pleaded ignorance; but this is not the case with the former constitutional law professor. All, without exception, have insisted on a big lie.

It is a discourse that has nothing to do with the historical truth of a country that emerged oppressing others and, for over two hundred years, has spread war, pain and death around the globe. Nor is it true that those men were thinking of  conducting some “democratic experiment“.  Madison, Hamilton and Jay spelled it out in the days of the birth of the nation. The new republic would not be governed by the people; power should always be in the hands of those who owned land, factories and servants.

The amazing thing is that, despite everything, there are many who – there and elsewhere – still believe in a falsehood that is more than two centuries old. This capacity for deception is the authentic American Exceptionalism.

The rights mentioned by Obama existed only for the white owners of the wealth in the Thirteen Colonies which revolted against England in 1776. Yet, for the native peoples and African slaves, especially, the consequences of July 4th were the exact opposite.

Freed from the constraints imposed on them by London –which led to the revolt– the landowners launched a sweeping march to the West, practicing a brutal genocide of its populations. They intensified the slave trade and the slave commerce that had been previously controlled by the British Crown. The main motivation of that ” small group of patriots ” was the fear they had of the abolitionist movement in England, and the need to act before its inevitable consequences.

However, this year, in the United States, an important intellectual event is taking place lacking in the media attention the official celebrations will receive.  Gerald Horne, Professor of History and African American studies at the University of Houston, has just added two new texts to his long and brilliant bibliography on these subjects. Last April, New York University published  The Counter-Revolution of 1776: Slave Resistance and the Origins of the United States of America.” And now,in late June, Monthly Review Press began distributing  Race to Revolution: The U.S.and Cuba During Slavery and Jim Crow .”

The fruit of thorough and painstaking research, both books belie the legend of the revolutionary character of the 4th of July. The landowners revolted to prevent the emancipation of the slaves and to unleash an aggressive expansionism for the exclusive benefit of the plutocracy in the Thirteen Colonies. Nevertheless they also encountered unwavering resistance.

Their victims , who were the same in North America and in the Caribbean islands, persisted in their quest for freedom; a struggle that united them beyond language differences and is – despite the lying propaganda which tries in vain to separate them– the foundation of their deep solidarity. Hopefully, someone will discover over there, in the capital of the Empire, these works by Professor Horne. May they find time to read them.   Now that they have a long week-end coming.