Maggie Alarcón

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Más allá del lodazal

In Elecciones en Estados Unidos, Politics on October 28, 2016 at 2:30 pm

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Por Ricardo Alarcón de Quesada 

“Juro que aceptaré totalmente los resultados

de esta gran e histórica elección presidencial

si yo soy el ganador”

Donald Trump

 

¿Es lo mismo Hillary Clinton que Donald Trump? ¿Es igual para el pueblo norteamericano y para el mundo que ella o él ganen las próximas elecciones?

Para no pocos comentaristas en América Latina la respuesta es afirmativa. La experiencia histórica ofrece demasiadas evidencias de agresiones contra nuestros pueblos llevadas a cabo por gobernantes demócratas o republicanos. Se sabe de la falacia bipartidista que malamente oculta que en aquel país el poder real lo ejerce una plutocracia a cuyo servicio operan unos y otros, como dos alas de un partido único.

Lo anterior es una apreciación, en general, correcta. Pero el tema es demasiado importante para dejarlo en el ámbito de la generalidad y reclama analizarlo concretamente, lo que se dirime específicamente en esta elección. Lo que está en juego es mucho y exigiría muchos artículos. Sólo puedo aquí abordarlo de una manera sumaria.

Cuando finalmente los norteamericanos que puedan votar -y son muchos, muchísimos, los negros, los latinos y los pobres a los que se les priva de ese derecho- lo hagan el próximo 8 de noviembre caerá el telón y concluirá uno de los espectáculos más costosos, prolongados y enajenantes que ha hecho palidecer a cualquier otro realizado antes.

Terminará así una campaña electoral en la que abundaron diatribas y amenazas, escándalos y vulgaridades, en la que nada faltó y todo se multiplicó en discursos y reportajes y en incontables “spots” publicitarios.

Al comienzo fueron las llamadas “primarias”, mecanismo para la selección -mediante votaciones internas o asambleas- entre los diversos aspirantes a quien habría de ser postulado por cada uno de los dos partidos que monopolizan allá las posibilidades reales.

En esta ocasión hubo novedades, en ambas maquinarias políticas, que causaron sorpresas y parecerían apuntar hacia la liquidación de un sistema que cumple ya más de dos siglos. Un sistema peculiar que continúa alardeando de una pretendida superioridad sobre los demás pese a que sus verdaderos jueces -los ciudadanos- en mayorías siempre crecientes prefieren no participar en él o se ven impedidos de hacerlo.

En el bando Republicano los aspirantes alcanzaron una cifra record, todos de pensamiento conservador. Se enfrentaron en “debates” televisados en los que apenas debatieron ideas o propuestas. Lo que parecía más bien una trifulca barriotera se transformó en uno de los más exitosos shows que mantuvo ante sus televisores a una audiencia de millones. El vencedor, lógicamente, fue el especialista en la materia: Donald Trump, alguien que amasó una fortuna con negocios inmobiliarios y debe su popularidad a un programa de televisión de dudosa factura pero muchos seguidores.

Su estrategia fue presentarse a sí mismo como un enemigo del sistema, tatando de canalizar a su favor el malestar y las frustraciones de la gente común, pero con un mensaje que apela a los sentimientos más bajos y a la ignorancia y los prejuicios enraizados en la sociedad estadounidense. Sus discursos le ganaron fácilmente grandes titulares: levantar un muro en la frontera sur y obligar a los mexicanos a pagar su construcción; expulsar a millones de indocumentados y vetar la entrada al país de los que no sean cristianos; propiciar la proliferación y el posible uso de las armas nucleares; eliminar los impuestos a la herencia y reducir la carga impositiva de los ricos; permitir el comercio irrestricto de armas de fuego dentro del país; designar jueces federales que deroguen legislaciones favorables a la mujer o a las minorías, y, por si fuera poco, admitió no pagar impuestos hace años y sugirió el posible asesinato de su contrincante demócrata.

Uno tras otro, destruyó a sus oponentes republicanos con su verbo incendiario y pese a los esfuerzos de la dirección del partido en su contra, ganó la mayoría de los delegados y fue proclamado como el candidato en una Convención que además adoptó su programa ultraconservador.

Del lado demócrata surgió otro fenómeno, también cuestionador del sistema, pero de signo totalmente contrario al del iracundo magnate. El Senador Bernie Sanders, independiente y declarado socialista, desplegó una campaña que se basó fundamentalmente en miles de jóvenes voluntarios y en modestas contribuciones monetarias aportadas por numerosos simpatizantes. Sin el apoyo de la maquinaria oficial, carente del respaldo de grupos financieros importantes y enfrentando a la ex Primera Dama, ex Secretaria de Estado y Senadora Hillary Clinton, pocos daban a Sanders la menor posibilidad de competir. Los debates entre los demócratas recibieron menos atención mediática y fueron la antípoda de los que caracterizaron al otro partido. Sin insultos ni atropellos discutieron cuestiones sustanciales.

Los argumentos de Sanders y su fuerza renovadora y movilizativa no fueron suficientes para darle la victoria. Ganó, sin embargo, varios estados importantes, acumuló un número muy significativo de delegados y mantuvo su aspiración hasta el final.

Llevó sus posiciones hasta la Convención Demócrata en la que consiguió se adoptase una plataforma contraria al neoliberalismo que el partido había abrazado hace un cuarto de siglo. A esta nueva línea se incorporaron también la señora Clinton y sus seguidores. Hablando ante el plenario Sanders endosó la candidatura de Hillary y llamó a votar por ella en un dramático discurso interrumpido varias veces por gritos y expresiones de rechazo de muchos de sus jóvenes partidarios. Concluido el evento no fueron pocos los que trataron de convencerlo de romper con los demócratas y crear un tercer partido con la rebelde fuerza juvenil.

Sanders no sólo se ha negado a dar tal paso sino que ha participado activamente en la batalla electoral que libra la ex senadora neoyorquina.

Ya con los dos candidatos escogidos se entró en la segunda y definitiva etapa también repleta de novedades.

Lo más notable es que Trump logró satisfacer su egolatría ilimitada (“Sólo yo puedo resolver los problemas de Estados Unidos” había dicho una y otra vez en su discurso al ser proclamado candidato). Todos los días se adueñó de los grandes titulares con su mensaje de odio y prejuicios: contra los inmigrantes y los negros, las mujeres y los homosexuales, los musulmanes y los discapacitados físicos y también contra los republicanos que, pese a apoyarlo, expresaron inconformidad con su lenguaje extremista y chabacano. Resulta alarmante comprobar que, a despecho de lo anterior y las constantes pruebas de su ignorancia supina y su arrogante y torpe desempeño, Trump dispone del apoyo de millones de norteamericanos que sienten y piensan como él.

Por su parte la señora Clinton debe enfrentar otros obstáculos. Su larga trayectoria política, aunque la comenzó como activa luchadora entre los estudiantes radicales de los años Sesenta, la ha llevado a altos cargos -Primera Dama, Secretaria de Estado, Senadora- que la vinculan estrechamente con el sistema imperante y sobre todo, es vista con recelo por los pacifistas por su responsabilidad como jefa de la diplomacia que ejecutó la política agresiva e injerencista del Presidente Obama.

La derecha fundamentalista, por su lado, le tiene una inquina particular y contra ella se ha empeñado en una campaña en la que abundan las calumnias. Hillary ciertamente ha cometido errores, algunos de graves consecuencias, hizo concesiones reprobables y no pocas veces se alejó de sus ideales juveniles. Pero ninguna figura política en su país ha sido sometida como ella a interminables interrogatorios de comités parlamentarios controlados por sus enemigos ni al escrutinio implacable de todos los medios de comunicación que han examinado su vida al detalle y no pueden acusarla seriamente de haber cometido crimen alguno. Esos medios, sin embargo, cultivan hacia ella una imagen de falta de credibilidad y de dudosa honestidad.

En las últimas semanas todas las encuestas señalan una tendencia favorable a la ex senadora y sugieren su segura victoria en noviembre. A ello ha contribuido, sin dudas, las revelaciones sobre abusos sexuales cometidos por el multimillonario y su inadmisible trato hacia las mujeres, y los tres debates televisados entre los candidatos que mostraron la diferencia abismal que los separa en cuestiones como la inmigración, el sistema judicial, la atención médica, la seguridad social y la economía.

Corresponde ahora decidir a aquellos que tienen el privilegio de poder votar si tienen deseos de hacerlo. Y en ese país, ya se sabe, cualquier cosa puede suceder.

Originalmente publicado Punto Final No. 863, viernes 28 de octubre de 2016.

Why the Sublime Schtick of Sid Caesar Still Matters

In Arts, Education, History, US on December 20, 2011 at 11:56 am

Aaron Sorkin has to be one of the most incorrigibly brilliant writers out there. Please read below and enjoy his most recent piece published in The Huffington Post; it is not typical AjiacoMix material and he –sadly- didn’t send it in for me to post, but I’m replicating it anyway for your reading and learning pleasure. MAP

 By Aaron Sorkin

Sid Caesar is making his way to a small stage in a banquet room at the Ritz-Carlton Hotel in Pasadena. The occasion is the annual Television Critics Association Awards and a few weeks ago when you heard Caesar was getting their Lifetime Achievement Award for his contribution to television you took a moment to wonder, if the TV critics are just getting around to giving him the award this year, who in the world did they give it to last year.

Your Show of Shows, written by a team of unknowns with names like Mel Brooks, Carl Reiner, Neil Simon, Imogene Coca and Allen Stewart Konigsberg — a kid from Brooklyn who signed his checks Woody Allen — was television’s first great television show. The only thing Caesar was better at than physical comedy was language. His characters, whether a world-renowned professor of nothing in particular or an incompetent waiter in a snooty restaurant, frequently spoke rapid fire languages of dubious origin. Joseph McCarthy thought Sid Caesar was very dangerous. Sid Caesar didn’t care what Joseph McCarthy thought. It was on.

You remember a story you once heard. During the height of Your Show of Shows, Caesar was shaving in his bathroom mirror when his seven-year-old daughter took up a position in the doorway.

DAUGHTER

Dad, what’s you name?

CAESAR

You know my name, sweetheart. It’s Sidney.

DAUGHTER

Sidney Caesar.

CAESAR

Yeah.

DAUGHTER

(pause)

You’re Sid Caesar?!

But right now, as he makes his way to the stage in front of a banquet room full of people dressed in “festive business attire” as instructed on their invitations, Sid Caesar isn’t looking like someone you want to be.

He’s in very poor health. He needs an escort to help him to the podium and that’s going to take a little while. You want to lean over to Allison Janney, seated next to you, and whisper, “I can’t remember, has he had a stroke?” But you don’t.

You think about whether it was hard for him to tie his necktie tonight and wonder how long it’s been since he drove himself somewhere in a car and that he probably misses that.

You worry that this entertainer — for whom language was like a baseball coming at you from Satchel Paige — you worry that he probably can’t get a clear sentence out of his mouth.
“Don’t worry,” you implore him telepathically, “all you have to do is make it to the podium and thank the TCA and then you’ll get another standing ovation like the one you’re getting now.”

And now he’s at the podium and his escort steps back out of the light and Caesar stands there wordlessly for a long, long moment, which has everyone a little nervous. Until he raises his arms and thanks the TCA.

In French.

But not really.

You can’t believe it. He’s thanking the TCA, with grand and precise gesticulation, as The Man Who Almost Speaks French. You can’t remember the last time you were with a group of people laughing this loudly and this sincerely. He goes on for a minute and a half (a lifetime on stage) and when he’s done he starts thanking the TCA all over again in Almost German.

Your table — the whole gang from The West Wing — has completely lost control, as have the rest of the five-hundred or so people in attendance. You look over to your friend, Brad Whitford, who’s looking back at you and holding an arm toward the stage — Are you seeing this? — and just in case there was anyone left in the room who was feeling sorry for him because he needed help walking to the stage or tying his tie, Caesar starts all over again in Almost Italian.

And you’re so happy that you get to work in television.

I come from a long line of people who came after Caesar. There was Playhouse 90 that brought us Arthur Miller, Tennessee Williams, Rod Serling and Paddy Chayefsky. James L. Brooks who wrote the best episodes of The Mary Tyler Moore Show and Taxi. Norman Lear — responsible for All in the Family — passed the baton to Larry Gelbart who created M*A*S*H and M*A*S*H paved the way for Steven Bochco, David E. Kelley, David Milch, David Chase, Larry David, Phil Rosenthal, Steve Levitan, Greg Daniels, Matt Weiner and dozens of others.

I hope as the Huffington Post launches its coverage of television they remember that at any given hour in the day, there are about 600 choices of what to watch. 599 of them will be bad — one of them will be Sid Caesar.

Which is which is entirely up to you.